En búsqueda de una utopía realista

Antonio Salgado Borge (*)

Uno de los libros más influyentes del momento es “Utopía para realistas”. Las ideas que el profesor holandés Rutger Bregman presenta en su texto le han valido ser nombrado uno de los académicos con más futuro moldeando el futuro (“Observer”, 2017).

También le valieron ser invitado al Foro Económico Mundial, donde saltó a la fama pronunciando un fuerte discurso contra la evasión de impuestos de los grandes capitalistas —visto en internet decenas de millones de veces—. Este artículo estará dedicado a analizar por qué los argumentos de Bregman ha despertado tanto interés y por qué han sido tan influyentes.

Por principio de cuentas, vale la pena detenernos un momento en el título del libro de este historiador. Para ver qué significa el término “utopía realista” hay que considerar que lo que Bregman presenta es, desde luego, una utopía; pero no se trata de una versión de utopía tipo “fotografía de alta resolución”; es decir, el libro no plantea un molde rígido repleto de instrucciones específicas que nos llevarán al escenario soñado. En su lugar, Bregman ofrece lo que llama una “utopía vaga”: algo en qué creer en tiempos donde el estancamiento y el ritmo de vida parecen haber secado los sueños de otro mundo posible.

Propuestas realistas

También hay que considerar que las propuestas utópicas presentadas en este texto son realistas. Esto es, una utopía realista no trata de una serie de instrucciones rígidas para alcanzar sueños guajiros, sino de planteamientos sustentados en evidencias que tienen como fin “abrir ventanas” y cuestionar el estado actual de cosas.

Dicho lo anterior, “Utopía para realistas” incluye tres grandes líneas de propuestas. Por motivos de espacio me enfocaré aquí en una de ellas, pero considero importante mencionar, aunque sea de pasada, en qué consisten las dos que no serán analizadas.

Un ingreso universal

Una de ellas es la idea de un ingreso universal básico; particularmente, la idea de que la mejor forma de terminar con la pobreza es mediante una política de reparto de efectivo permanente y constante encabezada por el Estado.

Para defender esta idea, Bregman nos invita a darnos cuenta de que la pobreza no consiste, como pensara Margaret Tatcher, en una falta o una deficiencia de carácter. La pobreza es, ante todo, falta de dinero. Si bien esto último puede parecer una perogrullada, las repercusiones prácticas de esta concepción son mayúsculas.

Estudios bien fundamentados y registros históricos en tres distintos continentes muestran que el reparto de dinero sin condiciones hace a las personas que viven en pobreza más productivas, que estas personas gastan inteligentemente el dinero que reciben y, desde luego, que logran salir de la trampa de la pobreza.

La segunda idea que mencionaré de pasada es quizás la más radical: la necesidad de terminar con las fronteras.

El argumento es que esta política sería el más potente instrumento para mejorar las condiciones de vida de millones de personas en el mundo. Actualmente el lugar donde una persona nace tiene grandes posibilidades de determinar su suerte socioeconómica.

Libre movilidad

La movilidad libre tiene el gran potencial de corregir esta asimetría. Bregman plantea que las fronteras porosas incluso pueden disminuir la inmigración permanente. Por ejemplo, muchos mexicanos que cruzaron la frontera con Estados Unidos regresaron después de trabajar ahí un tiempo. Cuando hay un muro o una frontera dura, los inmigrantes suelen optar por permanecer y evitar riesgos.

La tercera idea de Bregman, la que aquí será analizada a profundidad, tiene que ver con la reducción de la jornada laboral. Este académico hace un recuento histórico de la larga lucha por obtener condiciones laborales decentes. Los días de descanso, las jornadas con tope de ocho horas o las condiciones de trabajo humanas son todos productos de esta lucha.

Durante algún tiempo la meta parecía ser reducir lo más posible el tiempo dedicado al trabajo. Por ejemplo, a mediados del siglo pasado, algunos países, como Estados Unidos, celebraban la instauración de la semana laboral de 5 días.

Tendencia revertida

Sin embargo, en las últimas décadas en algunos países la tendencia a trabajar menos se ha detenido o ha comenzado a revertirse. Por ejemplo, en Estados Unidos o Reino Unido el tiempo de trabajo ha aumentado en la medida en que la gente gana más (“The Economist”, 22/12/2018).

Además, algunos empleadores siguen insistiendo en un ethos de trabajo que incluye largas jornadas laborales, como si esto fuera evidencia de un mayor compromiso o eficiencia de sus empleados.

Basta considerar que hace unos días el multimillonario chino Jack Ma llamó a la jornada de trabajo de 12 horas una “bendición” (BBC 15/04/2019).

El gigante de la informática Apple es otra empresa que ha presumido las largas horas que sus ingenieros dedican al trabajo.

Sin embargo, este panorama está muy lejos de ser uniforme. Recientemente algunos gobiernos, partidos políticos o agrupaciones han buscado instaurar la semana de trabajo de cuatro días.

La propuesta de Bregman va más allá. En su libro, este historiador holandés plantea que la jornada de trabajo tendría que reducirse a ¡15 horas por semana! A la pregunta “¿por qué querríamos hacer eso?” Bregman responde “¿por qué no queríamos hacerlo?”

Este historiador presenta una serie de pruebas para respaldar que el trabajo es parte indispensable y significativa de la vida del ser humano; sin embargo, también explica que amplio tiempo libre y un importante margen fuera de la vida laboral es indispensable para la plenitud de los individuos. La idea no es desaparecer el trabajo, sino reducir su protagonismo y hacerlo significativo.

Desde luego, esta propuesta probablemente será calificada inmediatamente como irrealizable. Una primera preocupación es la pérdida de productividad; es decir, la idea de que si las personas trabajan menos horas las fábricas o comercios disminuirán sus capacidades.

Pero Bregman se anticipa a esta objeción presentando una serie de evidencias que muestran que no sólo la productividad aumenta en casos de jornada laborales cortas; además, la innovación, la creatividad y otras capacidades que suelen estar estrechamente vinculadas con ésta. Esto es, la idea que mientras más horas se trabaja más se produce es un mito.

Tiempo libre

Otra posible objeción a la propuesta de Bregman es que la creencia de que cuando las personas tienen demasiado tiempo libre lo canalizan en comportamientos viciosos, como el consumo de alcohol o mirar la televisión en exceso.

De nuevo, Bregman recurre a datos duros para mostrar que el consumo de alcohol y el tiempo que se dedica a ver televisión es mayor en las sociedades donde más se trabaja. Probablemente esto ocurre porque ambas actividades proporcionan a las personas exhaustas una forma fácil de consumir su tiempo libre. Lo importante aquí es que, contrario a lo que puede pensarse, no hay una relación entre menos tiempo de trabajo y algunos vicios.

Hay una crítica adicional a la que la propuesta de Bregman debe de enfrentarse. ¿Cómo podemos pasar de 48 horas o más de trabajo a la semana a 15?

La respuesta de este historiador es que el tránsito, aunque rápido, tiene que ser gradual. La idea no es instaurar la jornada de trabajo de 15 horas semanales de un día para otro. En este sentido, la reducción a la semana de cuatro días laborales es un importante paso. Sin embargo, por los motivos expuestos antes, Bregman argumenta que esto es todavía insuficiente.

Estancados

Para Bregman el problema actual es que estamos estancados y hemos perdido la capacidad de plantearnos a dónde queremos ir. Salir de este estancamiento requiere de utopías realistas; propuestas radicales, pero bien sustentadas, para enfrentar tiempos complicados.

La mezcla entre lo utópico y lo realista probablemente explica que sus ideas han sido tan influyentes y tan bien recibidas. A quienes piensan que utopías como las planteadas por Bregman son sueños guajiros, este historiador responde que sin las utopías del pasado no habríamos logrado avances fenomenales en el nivel de vida de tantas personas han experimentado durante lo últimos cien años.

Que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el fin de la esclavitud o las jornadas laborales decentes fueron todas utopías alguna vez. Que ha pasado alguna vez en la historia que utopías se han vuelto realidad. Y que mientras sigamos soñando realistamente, esto puede seguir pasando.— Edimburgo, Reino Unido

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

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