El traqueteo de las ametralladoras era aterrador. El sonido semejaba el de una lluvia de granizo sobre un techo de láminas.

Quietos, llenos de miedo veíamos desde la oscuridad de nuestro escondite todo lo que estaba ocurriendo en la plaza. Vi cuando comenzó a llover, cuando subió un tanque y disparó contra el edificio Chihuahua, que empezó a incendiarse. Vi infinidad de soldados disparando a diestra y siniestra. Toda la plaza era una trampa.

Desde la tarde hasta las 9 de la noche la ráfaga de balas fue intensa… ¿a cuántos les dispararon? No lo sé, pero sí que fue una pesadilla que cambió nuestras vidas.

El Dr. Alejandro Guerrero Flores, entonces estudiante de cuarto año en la Facultad de Medicina de la UNAM, recrea con sorprendente precisión lo que vivió en la Plaza de Tlatelolco la noche del 2 de octubre, algo que se ha prometido no olvidar.

A 50 años ¿queda vivo algo del movimiento o ha quedado reducido a un costal de recuerdos? La pregunta es respondida por Sergio Aguayo Quezada, investigador que con rigor científico y honestidad ha logrado arrojar luz sobre ese oscuro pasaje de nuestra historia. Es autor de tres libros sobre el tema, el más reciente “El 68. Los estudiantes, el Presidente y la CIA”.

“El 68 sigue vivo porque sus demandas no han perdido vigencia”, dice al teléfono desde la Universidad de Harvard. “La movilización fue derrotada, pero dejó un pliego petitorio que fue bandera de quienes se empeñaron desde entonces en construir un régimen democrático con métodos pacíficos”.

Como ya estaba en el 4° año de la carrera había dejado de tomar clases en la UNAM. Recuerdo que estaba en la clínica de ortopedia cuando se inició el Movimiento. Todos los de mi grupo —éramos 30— nos desplazamos a Ciudad Universitaria cuando supimos lo de las tomas de las preparatorias, el 31 de julio, porque presentíamos que algo iba a ocurrir.

En la universidad tomamos la decisión, de participar en el movimiento de huelga que se estaba gestando..

Tlatelolco es una herida abierta. La impunidad está presente en la conmemoración de los 50 años de la masacre porque la falta de castigo a criminales y corruptos es lo común en México, dice.

Ese 2 de octubre, los estudiantes decidimos hacer un mitin en Tlatelolco y después una marcha para exigir la devolución de las instalaciones del casco de Santo Tomás, que habían sido tomadas por el Ejército.

Llegamos temprano a la plaza: yo, mis dos hermanos y tres amigos.

Como al 10 para las 6 vi que seguía sobre nosotros un helicóptero que llevaba más de media hora dando vueltas… se me hizo raro, los helicópteros que vigilaban los mítines y las marchas llegaban, daban la vuelta y se iban.

Y éste permaneció sobre nosotros. Volteé hacia la torre del campanario de la iglesia y vi al helicóptero lanzar dos bengalas: una roja y una verde.

En ese preciso instante, de la parte de atrás de la explanada, por los monumentos prehispánicos, y del lado derecho, por la iglesia y el parque de San Marcos, fusileros y paracaidistas del Ejército comenzaron el asalto a la plaza.

Reconoce que sobre el 68 quedan muchas preguntas sin respuesta, muchos boquetes, misterios por resolver, el número de muertos por ejemplo: no existe una cifra real de las víctimas.

Te puede interesar: Conejo Teporingo, no está extinto: Semarnat

“¡Compañeros, estamos siendo provocados, no corran, tírense al suelo!”, gritó Florencio al micrófono. Terrible error, porque así acostados murieron muchos, acribillados por los francotiradores del Batallón Olimpia, que disparaban desde arriba. “¡Asesinos!, ¡asesinos!”, empezó a gritar mi hermano.

Lo tomé del cuello y corrimos hacia el único lugar de la plaza donde no había soldados en ese momento, el edificio 2 de Abril. Tlatelolco era un pandemónium: gritos, llantos, carreras, desesperación, el terror de pequeños y maestras de un jardín de niños atrapados en el caos… Vimos una cafetería abierta y gritamos que entraran a los que corrían despavoridos por los pasillos buscando una salida.

Cuando vimos a los soldados pecho en tierra disparando a todo lo que se moviera comprendimos que habíamos caído en una trampa.

Se han construido muchos mitos en torno al 68, admite… “como en todo, pero no hay duda de que se trató de un parteaguas en la historia de México, que cambió la vida de una generación y que sus demandas siguen teniendo tanta actualidad como entonces…”,

El fuego duró hasta las 9 de la noche. Cuando dejó de caer plomo un oficial del Ejército se acercó a nosotros. “Mayor… ¿qué pasó aquí, por qué nos dispararon, por qué esta masacre?”, le dije… Me pidió que me identificara y luego me preguntó quiénes me acompañaban.

Nos dijo que abrirían un canal de seguridad, pero señaló claramente: “Hasta la calle de Manuel González nosotros. De allí para afuera está la policía esperándolos”… o sea los Granaderos, que llevaban meses acuartelados y que nos odiaban a muerte. Fue una corretiza, pero logramos llegar a la calle de Comonfort, en La Lagunilla, donde en una vecindad nos dieron refugio.

Sergio Aguayo insiste en que el México de hoy es impensable sin el Movimiento del 68, que “liberó fuerzas que aceleraron la transformación del país”.

“El 68 cambió mi vida. Me hizo sensible a las injusticias sociales, me hizo entender como médico que las causas de las enfermedades no son sólo biológicas, que tienen que ver con el trabajo, la explotación, las desigualdades económicas, la desnutrición.

Las víctimas de Tlatelolco no sólo cayeron por las balas. Muchos murieron en la plaza, otros estuvieron años en Lecumberri, muchos más abandonaron la escuela o escaparon del país.

Las bajas no solamente fueron causadas por las balas… las consecuencias de la represión más tarde o más temprano dieron al traste con el futuro de muchos jóvenes”.

*Imagen ilustrativa de UNAM global*

Agencia Megamedia

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *